Teología del Cuerpo
PARTE II. LA REDENCIÓN DEL CORAZÓN
24. La subordinación de la libertad al amor
Una de las manifestaciones de la vida «según el Espíritu» es el comportamiento conforme a la virtud de la pureza, de la que habla San Pablo en la primera Carta a los Tesalonicenses: «La voluntad de Dios es vuestra santificación; que os abstengáis de la fornicación; que cada uno sepa mantener el propio cuerpo en santidad y honor» (1 Tes 4, 3-5).
Cuando Pablo afirma que cada uno debe «mantener el propio cuerpo en santidad y respeto», muestra que la pureza es una capacidad y una actitud, es decir, una virtud arraigada en la voluntad. No se trata solo de abstenerse de la impureza, sino de un modo positivo de vivir el cuerpo según la dignidad de la persona.
Pureza, templanza y redención del cuerpo
Si la pureza es, según la enseñanza paulina, un aspecto de la vida según el Espíritu, esto significa que en ella fructifica el misterio de la redención del cuerpo. El hecho de haber sido «comprados a precio» (1 Cor 6, 20), es decir, al precio de la redención de Cristo, hace surgir el deber moral de mantener el cuerpo en santidad y respeto.
La pureza es una variante de la virtud de la templanza. Su finalidad no es solo la abstención de la impureza, sino también el mantenimiento del cuerpo —propio y ajeno— en una relación marcada por la santidad y el respeto. Estas dos dimensiones están estrechamente unidas y se exigen mutuamente.
El corazón como lugar del combate interior
Según las palabras de Cristo, la verdadera pureza y la verdadera impureza en sentido moral proceden del corazón humano. Cuando Pablo habla de la necesidad de hacer morir las obras del cuerpo con la ayuda del Espíritu, retoma exactamente la llamada de Cristo al corazón en el sermón de la montaña.
Esta superación interior es condición indispensable de la vida según el Espíritu, que es antítesis de la vida según la carne. La vida según la carne conduce a la muerte, no solo en sentido corporal, sino también en sentido moral y espiritual.
Pureza de corazón y libertad interior
Desde el punto de vista bíblico, la pureza del corazón significa la libertad respecto a todo género de pecado, no solo respecto a los pecados de la concupiscencia carnal. Las palabras de Cristo son profundamente realistas: no llaman a regresar a la inocencia originaria, sino que señalan un camino de pureza posible, accesible gracias a la redención.
El hombre interior está llamado a abrirse a la vida según el Espíritu, para participar de la pureza evangélica y redescubrir el valor del cuerpo, liberado de la concupiscencia mediante la redención.
Libertad subordinada al amor
Para Pablo, la vida según el Espíritu es también manifestación de la libertad con la que Cristo nos ha liberado: «Habéis sido llamados a la libertad; pero no toméis la libertad como pretexto para servir a la carne, antes servíos unos a otros por la caridad» (Gál 5, 13).
Lejos de oponer libertad y ley, Pablo subraya la subordinación ética de la libertad al amor. Toda la ley halla su plenitud en el mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Vivir la libertad según el Evangelio significa orientarla hacia el don de sí.
La libertad que se hace don
Cristo ha manifestado una libertad que encuentra su plenitud en la caridad: una libertad que se convierte en fuente de obras nuevas y de vida según el Espíritu. La negación de esta libertad ocurre cuando se convierte en pretexto para vivir según la carne.
Quien vive según la carne pierde la capacidad de la libertad para la que Cristo lo ha liberado y se vuelve incapaz del verdadero don de sí, que está ligado al significado esponsalicio del cuerpo.
Fuente: San Juan Pablo II, Teología del Cuerpo (1979 – 1984)
Nota: El resumen se ha hecho utilizando, en gran parte, frases textuales del documento original o una combinación entre ellas. Se omiten las comillas para facilitar la lectura.
Reflexión: ¿Qué significa «mantener nuestro cuerpo en santidad y respeto»? ¿En qué sentido la pureza es una capacidad y una actitud? ¿Qué implica subordinar la libertad al amor?
Clave de lectura interior: La verdadera libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en poder amar en la verdad del don, con un corazón purificado por el Espíritu.