Teología del Cuerpo

Parte V. El sacramento del matrimonio

52. La verdad del amor

La verdad del amor, proclamada por el Cantar de los Cantares, no puede separarse del «lenguaje del cuerpo». Esta es también la verdad del progresivo acercamiento de los esposos que crece por medio del amor: y la cercanía significa también la iniciación en el misterio de la persona, pero sin que implique su violación (cf. Cant 1,13-14; 1,16).

La verdad de la creciente cercanía de los esposos por medio del amor se desarrolla en la dimensión subjetiva «del corazón», del afecto y del sentimiento, que permite descubrir en sí al otro como don y, en cierto sentido, «gustarlo» en sí (cf. Cant 2,3).

El amor como don que supera el eros

La esposa sabe que hacia ella se dirige el «anhelo» del esposo y va a su encuentro con la prontitud del don de sí (cf. Cant 7,9-13), porque el amor que los une es de naturaleza espiritual y sensual a la vez.

A base de ese amor se realiza la relectura del significado del cuerpo en la verdad, porque el hombre y la mujer deben constituir en común el signo del recíproco don de sí, que pone el sello sobre toda su vida.

Ceden así a la llamada de algo que supera el contenido del momento y traspasa los límites del eros, tal como se expresa en el mutuo «lenguaje del cuerpo» (cf. Cant 1,7-8; 2,17).

La persona, más allá de toda apropiación

En esta dinámica del amor se descubre indirectamente la casi imposibilidad de apropiarse y posesionarse de la persona por parte de la otra. La persona es alguien que supera todas las medidas de apropiación.

Si el esposo y la esposa releen este «lenguaje» a la luz de la plena verdad de la persona y del amor, llegan a la convicción cada vez más profunda de que la amplitud de su pertenencia constituye ese don recíproco donde el amor se revela «fuerte como la muerte» (cf. Cant 8,6).

El ágape que purifica y lleva a plenitud el eros

El «eros» trata de integrarse mediante la otra verdad del amor. Esta verdad la proclamará san Pablo en la Primera Carta a los Corintios:

«La caridad es paciente, es benigna; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha; no es descortés, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa mal; no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad; todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera. La caridad jamás decae» (1 Cor 13,4-8).

El amor se abre aquí en dos perspectivas: el eros humano se deja purificar y llevar a plenitud por el ágape, el amor que brota de una dimensión más profunda de la persona y que llama a una comunión más alta.

Fuente: San Juan Pablo II, Teología del Cuerpo (1979–1984)

Nota: El resumen se ha hecho utilizando, en gran parte, frases textuales del documento original o una combinación entre ellas. Se omiten las comillas para facilitar la lectura.

Reflexión: ¿Cuido de la belleza de mi alma como de la de mi cuerpo? ¿Está mi amor por mi cónyuge en línea con las palabras paulinas descritas en 1 Cor 13,4-8?

Clave de lectura interior: El amor auténtico no se detiene en el deseo, sino que se deja purificar y elevar hasta convertirse en don total, fiel y duradero.