Sexualidad, expresión del amor
Una visión católica

Declaración acerca de ciertas cuestiones de ética sexual

Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe

4. La unión sexual prematrimonial

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6. La presente declaración no se propone tratar de todos los abusos de la facultad sexual, ni de todo lo que implica la práctica de la castidad, sino más bien recordar el juicio de la Iglesia sobre ciertos puntos particulares, vista la urgente necesidad de oponerse a errores graves y a normas de conducta aberrante, ampliamente difundidas.

7. Muchos reivindican hoy el derecho a la unión sexual antes del matrimonio, al menos cuando una resolución firme de contraerlo y un afecto que en cierto modo es ya conyugal en la mente de los novios piden este complemento, que ellos juzgan connatural; sobre todo cuando la celebración del matrimonio se ve impedida por las circunstancias, o cuando esta relación íntima parece necesaria para la conservación del amor.

Semejante opinión se opone a la doctrina cristiana, según la cual todo acto genital humano debe mantenerse dentro del matrimonio. Porque, por firme que sea el propósito de quienes se comprometen en estas relaciones prematuras, es indudable que tales relaciones no garantizan que la sinceridad y la fidelidad de la relación interpersonal entre un hombre y una mujer queden aseguradas, y sobre todo protegidas, contra los vaivenes de las pasiones y de la libertad.

Ahora bien, Jesucristo quiso que fuese estable la unión y la restableció a su primitiva condición, fundada en la misma diferencia sexual: «¿No habéis leído que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su esposa, y los dos se harán una carne? Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre».

San Pablo es más explícito todavía cuando declara que si los célibes y las viudas no pueden vivir en continencia, no tienen otra alternativa que la de la unión estable en el matrimonio: «Mejor es casarse que abrasarse».

En efecto, el amor de los esposos queda asumido por el matrimonio en el amor con el cual Cristo ama irrevocablemente a la Iglesia, mientras la unión corporal en el desenfreno profana el templo del Espíritu Santo, en el que el mismo cristiano se ha convertido. Por consiguiente, la unión carnal no puede ser legítima sino cuando se ha establecido una definitiva comunidad de vida entre un hombre y una mujer.

Así lo entendió y enseñó siempre la Iglesia, que encontró, además, amplio acuerdo con su doctrina en la reflexión de la sabiduría humana y en los testimonios de la historia.

Enseña la experiencia que el amor tiene que tener su salvaguardia en la estabilidad del matrimonio, para que la unión sexual responda verdaderamente a las exigencias de su propia finalidad y de la dignidad humana. Estas exigencias reclaman un contrato conyugal sancionado y garantizado por la sociedad; contrato que instaura un estado de vida de capital importancia tanto para la unión exclusiva del hombre y de la mujer como para el bien de su familia y de la comunidad humana.

En realidad, las relaciones sexuales prematrimoniales excluyen las más de las veces la prole. Lo que se presenta erróneamente como un amor conyugal no podrá desplegarse, tal como debería ser, en un amor paternal y maternal; o, si eventualmente se despliega, lo hará con detrimento de los hijos, que se verán privados de la convivencia estable en la que puedan desarrollarse adecuadamente y encontrar el camino y los medios necesarios para integrarse en la sociedad.

Por tanto, el consentimiento de las personas que quieren unirse en matrimonio tiene que ser manifestado exteriormente y de manera válida ante la sociedad. En cuanto a los fieles, es menester que, para la instauración de la sociedad conyugal, expresen según las leyes de la Iglesia su consentimiento, que hará ciertamente de su matrimonio un sacramento de Cristo.

Reflexión: ¿Considero que una relación sexual antes del matrimonio responde verdaderamente a las exigencias de su propia finalidad y de la dignidad humana?


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Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe

3. La bondad moral de un acto

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5. Puesto que la ética sexual se refiere a ciertos bienes fundamentales de la vida humana y de la vida cristiana, a ella se le aplica de igual modo esta doctrina general. En este campo existen principios y normas que la Iglesia ha transmitido siempre en su enseñanza sin la menor duda, aunque las opiniones y las costumbres del mundo se opusieran a ellas. Estos principios y estas normas no deben, en modo alguno, su origen a un tipo particular de cultura, sino al conocimiento de la ley divina y de la naturaleza humana. Por lo tanto, no se los puede considerar como caducados, ni cabe ponerlos en duda bajo pretexto de una situación cultural nueva.

Estos principios son los que han inspirado las orientaciones y las normas dadas por el Concilio Vaticano II para una educación y una organización de la vida social que tengan en cuenta la igual dignidad del hombre y de la mujer, respetando sus diferencias.

Hablando de «la índole sexual del hombre y (de) la facultad generativa humana», el Concilio ha hecho notar que «superan admirablemente lo que de esto existe en los grados inferiores de la vida». A continuación expone en particular los principios y los criterios que conciernen a la sexualidad humana en el matrimonio, y que tienen su razón de ser en la finalidad de la función propia del mismo.

A este propósito declara que la bondad moral de los actos propios de la vida conyugal, ordenados según la verdadera dignidad humana, «no dependen solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos, sino de criterios objetivos, tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, que guardan íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación, en el contexto del verdadero amor».

Estas últimas palabras resumen brevemente la doctrina del Concilio —expuesta más ampliamente con anterioridad en la misma constitución— sobre la finalidad del acto sexual y sobre el criterio principal de su moralidad: se asegura la honestidad de este acto cuando se respeta su finalidad.

Este mismo principio, que la Iglesia deduce de la Revelación y de su interpretación auténtica de la ley natural, funda también aquella doctrina tradicional suya, según la cual el uso de la función sexual logra su verdadero sentido y su rectitud moral tan sólo en el matrimonio legítimo.

Reflexión: ¿De qué depende que un acto sea moralmente bueno o malo?


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2. La ley inscrita en el corazón

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3. Los hombres de nuestro tiempo están cada vez más persuadidos de que la dignidad y la vocación humanas piden que, a la luz de su inteligencia, ellos descubran los bienes y potencialidades inscritos en la propia naturaleza, que los desarrollen sin cesar y que los realicen en su vida para un progreso cada vez mayor.

Pero en sus juicios morales el hombre no puede proceder según su arbitrio personal: «En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley, que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer [...] Tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente».

Además, a nosotros los cristianos, Dios nos ha hecho conocer, por su revelación, su designio de salvación; nos ha propuesto a Jesucristo, Salvador y Santificador, como la ley suprema e inmutable de la vida, mediante la enseñanza y los ejemplos de quien dijo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida».

No puede haber, por consiguiente, verdadera promoción de la dignidad del hombre si no se respeta el orden esencial de su naturaleza. Es cierto que en la historia de la civilización han cambiado, y todavía cambiarán, muchas condiciones concretas y muchas necesidades de la vida humana; pero toda evolución de las costumbres y todo género de vida deben ser mantenidos en los límites que imponen los principios inmutables fundados sobre los elementos constitutivos y sobre las relaciones esenciales de toda persona humana; estos elementos y relaciones trascienden las contingencias históricas.

Estos principios fundamentales comprensibles por la razón están contenidos en «la ley divina, eterna, objetiva y universal, por la que Dios ordena, dirige y gobierna el mundo y los caminos de la comunidad humana según el designio de su sabiduría y de su amor. Dios hace partícipe al hombre de esta su ley, de manera que el hombre, por suave disposición de la divina Providencia, puede conocer más y más la verdad inmutable». Esta ley divina es accesible a nuestro conocimiento.

4. Se equivocan, por tanto, los que ahora sostienen en gran número que, para servir de regla a las acciones particulares, no se puede encontrar ni en la naturaleza humana, ni en la ley revelada, ninguna norma absoluta e inmutable fuera de aquella que se expresa en la ley general de la caridad y del respeto a la dignidad humana. Como prueba de esta aserción aducen que, en las que llamamos normas de la ley natural o preceptos de la Sagrada Escritura, no se deben ver sino formas de una cultura particular, expresadas en un momento determinado de la historia.

Sin embargo, cuando la Revelación divina y, en su orden propio, la sabiduría filosófica, ponen de relieve exigencias auténticas de la humanidad, están manifestando necesariamente, por el mismo hecho, la existencia de leyes inmutables inscritas en los elementos constitutivos de la naturaleza humana; leyes que se revelan idénticas en todos los seres dotados de razón.

Además, Cristo ha instituido su Iglesia como «columna y fundamento de la verdad». Con la asistencia del Espíritu Santo, ella conserva sin cesar y transmite sin error las verdades del orden moral e interpreta auténticamente no sólo la ley positiva revelada, sino también «los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana» y que afectan al pleno desarrollo y santificación del hombre. Es un hecho que la Iglesia, a lo largo de toda su historia, ha atribuido constantemente a un cierto número de preceptos de la ley natural valor absoluto e inmutable, y ha considerado que la transgresión de los mismos se opone a la doctrina y al espíritu del Evangelio.

Reflexión: ¿Acepto en mi vida la propuesta de Dios de dejarme guiar por Jesucristo, luz del mundo?


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Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe

 

1. El valor de la verdad

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1. La persona humana, según los datos de la ciencia contemporánea, está de tal manera marcada por la sexualidad, que ésta es parte principal entre los factores que caracterizan la vida del hombre. Verdaderamente, en el sexo radican las notas características que constituyen a las personas como hombres y mujeres en el plano biológico, psicológico y espiritual, teniendo así mucha parte en su evolución individual y en su inserción en la sociedad. Por esto, como se puede comprobar fácilmente, la sexualidad es en nuestros días tema abordado con frecuencia en libros, semanarios, revistas y otros medios de comunicación social.

Al mismo tiempo ha ido en aumento la corrupción de costumbres, una de cuyas mayores manifestaciones consiste en la exaltación inmoderada del sexo; en tanto que con la difusión de los medios de comunicación social y de los espectáculos, tal corrupción ha llegado a invadir el campo de la educación y a infectar la mentalidad de las masas.

Si, en este contexto, educadores, pedagogos o moralistas han podido contribuir a hacer que se comprendan e integren mejor en la vida los valores propios de uno y otro sexo, ha habido otros que, por el contrario, han propuesto condiciones y modos de comportamiento contrarios a las verdaderas exigencias morales del ser humano, llegando a favorecer un hedonismo licencioso.

De ahí ha resultado que doctrinas, criterios morales y maneras de vivir conservados hasta ahora fielmente han sufrido en algunos años una fuerte sacudida aun entre los cristianos, y son hoy numerosos los que, ante tantas opiniones contrarias a la doctrina que han recibido de la Iglesia, llegan a preguntarse qué es lo que deben considerar todavía como verdadero.

2. La Iglesia no puede permanecer indiferente ante semejante confusión de los espíritus y relajación de las costumbres. Se trata, en efecto, de una cuestión de máxima importancia para la vida personal de los cristianos y para la vida social de nuestro tiempo.

Los obispos constatan cada día las dificultades crecientes que, particularmente en materia sexual, experimentan los fieles para adquirir conciencia de la sana doctrina moral, y los Pastores para exponerla con eficacia. Son conscientes de que por su cargo pastoral están llamados a responder a las necesidades de sus fieles sobre este punto tan grave; y algunos de entre ellos, e incluso Conferencias Episcopales, han publicado notables documentos sobre este tema. Sin embargo, como las opiniones erróneas y las desviaciones que de ellas se siguen continúan difundiéndose en todas partes, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, en virtud de su misión en favor de la Iglesia universal y por mandato del Sumo Pontífice, ha juzgado necesario publicar la presente declaración.

Reflexión: ¿Considero que la verdad es inmutable? ¿Estoy dispuesto a vivir de acuerdo con ella?


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¿Cómo salvar tu matrimonio antes de conocer a tu esposa?

1. ¿Cómo encuentro ese amor?

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La preparación para el matrimonio comienza antes de una relación

La preparación para el matrimonio no comienza con el compromiso. En esta presentación titulada «Cómo salvar tu matrimonio antes de conocer a tu esposa», que se transmitió en vivo ante miles de estudiantes universitarios, aprenderán cómo construir los cimientos de un amor duradero y a prueba de divorcio antes de que este comience.

Jason Evert ha dado charlas a más de 1 millón de personas en todo el mundo y es autor de más de una docena de libros, incluidos «Cómo encontrar a tu alma gemela sin perder tu alma» y «Purity 365». Él y su esposa Crystalina viven en Colorado con sus hijos; juntos dirigen el sitio web ChastityProject.com. Al finalizar esta iniciativa, estén atentos a una importante invitación.

Poner a Dios en el centro desde el inicio

Es una alegría estar aquí; comencemos con una oración. En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita Tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. San José, ruega por nosotros. San Juan Pablo II, ruega por nosotros. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Una audiencia diversa, una misma pregunta

Me alegra ver a tantos aquí hoy. Sé que tenemos parejas casadas en la audiencia. ¿Hay alguna persona comprometida? ¿Sí? Felicitaciones. También hay parejas de novios, otros están solteros. Es posible que no sepas si tienes novio o no —«es complicado»—, pero ya veremos eso.

La gran confusión actual sobre la intimidad

Creo que estarás de acuerdo conmigo en que el mundo actual tiene muchos malentendidos con respecto a la intimidad. En gran parte, esto se debe a que no pensamos realmente en el sexo. Hablamos sobre él, bromeamos, pero casi nunca reflexionamos sobre qué es, qué significa y cuál es su propósito.

Cuando pensamos en lo que la Iglesia tiene que decir al respecto, muchas veces nos parece que es solo un gran «NO»:

—¿Puedo hacer esto con mi novia?
—No.
—¿Y si somos esposos?
—No.
—Bueno, ¿y puedo hacer aquello?
—No.

Es solo una lista de prohibiciones; eso es lo que muchos tenemos metido en nuestra mentalidad. Hemos sido educados para pensar en Dios, los mandamientos y la Iglesia como en los rivales del amor que esperamos encontrar. Pero el objetivo de esta reflexión es mostrar que la Iglesia es el verdadero medio para el cumplimiento de nuestros deseos.

El amor que todos deseamos y reconocemos

Sabemos qué clase de amor anhelamos, y de vez en cuando logramos verlo. Un ejemplo luminoso es el de un matrimonio que estuvo unido más de sesenta años, tuvo diez hijos y vivió una fe sencilla y profunda. Sus nombres eran José y María. No es una invención.

Ese amor se expresaba en gestos cotidianos, en la complicidad, en el humor y en un coqueteo lleno de ternura. Incluso ante la muerte, ese amor se manifestó con un último gesto: un beso en la nariz y una despedida sencilla: «Adiós, nena».

La gran pregunta: ¿cómo llegar a ese amor?

Al ver un amor así, sabemos que así es como debe ser. Pero surge inevitablemente la pregunta: ¿cómo llegamos allá desde aquí?

Vivimos rodeados de una cultura profundamente distinta: las películas, las revistas, los mensajes que recibimos a diario. Todo esto hace que encontrar el amor verdadero no sea fácil, especialmente para los jóvenes adultos de hoy.

Y, sin embargo, la pregunta permanece abierta: ¿cómo encontrar el amor para el que estamos hechos?

Reflexión: ¿Cómo debo vivir para encontrar el amor verdadero?

Nota: Traducido y adaptado a lenguaje escrito de las charlas «How to Save Your Marriage Before Meeting Your Wife» y «Theology of His Body», con autorización de Jason Evert. Parte 1 de 10.


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  1. Reproducción artificial
  2. El valor de la vida
  3. Atracción e identidad
  4. Planificación familiar

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