Teología del Cuerpo

Parte V. El sacramento del matrimonio

44. El amor indisoluble de Cristo por la Iglesia

La institución del matrimonio, según las palabras del Génesis (2, 24), expresa no solo el comienzo de la comunidad humana que, mediante la fuerza procreadora que le es propia («procread y multiplicaos»: Gén 1, 28), sirve para continuar la obra de la creación, sino que, al mismo tiempo, expresa la iniciativa salvífica del Creador que corresponde a la elección eterna del hombre, de la que habla la Carta a los Efesios.

El matrimonio, instituido en el contexto de la creación, debía servir no solo para prolongar la obra creadora mediante la procreación, sino también para extender sobre las generaciones futuras los frutos sobrenaturales de la elección eterna del hombre por parte del Padre.

El gran misterio aplicado a Cristo y a la Iglesia

«Gran misterio es éste, pero yo lo aplico a Cristo y a la Iglesia» (Ef 5, 32). La imagen contenida en este pasaje de la Carta a los Efesios se refiere principalmente a la redención como realización definitiva del misterio escondido desde los siglos en Dios.

La gratificación originaria, unida a la creación, constituía al hombre en el estado de la inocencia y de la justicia originales. La nueva gratificación que proviene de la redención concede, ante todo, la remisión de los pecados. Sin embargo, también aquí «sobreabunda la gracia», como afirma San Pablo: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5, 20).

La redención como dimensión permanente de la Iglesia

La redención, fruto del amor redentor de Cristo, se convierte —en virtud de su amor nupcial por la Iglesia— en una dimensión permanente y vivificante de la vida eclesial. Es el mysterium magnum de Cristo y de la Iglesia: misterio eterno realizado por Cristo, que «se entregó por ella» (Ef 5, 25).

Este misterio se realiza continuamente en la Iglesia, porque Cristo «amó a la Iglesia» (Ef 5, 25), uniéndose a ella con un amor indisoluble, análogo al vínculo conyugal que une a los esposos en el matrimonio.

De este modo, la Iglesia vive de la redención y, a su vez, la completa, como la mujer, mediante el amor nupcial, completa al propio marido. Esta verdad ya había sido anticipada, en cierto modo, «al principio», cuando el hombre halló en la mujer «una ayuda semejante a él» (Gén 2, 20).

Fecundidad espiritual de la Iglesia

Aunque la analogía de la Carta a los Efesios no lo explicite directamente, se puede añadir que la Iglesia, unida a Cristo como la esposa a su esposo, recibe de la redención toda su fecundidad y maternidad espiritual.

Lo testimonia la primera Carta de San Pedro: «Habéis sido engendrados no de semilla corruptible, sino incorruptible, por la palabra viva y permanente de Dios» (1 Pe 1, 23).

Así, el misterio escondido desde los siglos en Dios, que en la creación se hizo visible mediante la unión del primer hombre y de la primera mujer, en la redención se hace visible mediante la unión indisoluble de Cristo con la Iglesia.

Del primer al segundo Adán

Así como el «primer Adán» —el hombre creado en la inocencia originaria— fue llamado a la unión conyugal, del mismo modo el «segundo Adán», Cristo, se une a la Iglesia mediante un vínculo indisoluble, análogo a la alianza indisoluble de los esposos.

Esta unión constituye el signo definitivo del mismo misterio eterno del amor de Dios.

Fuente: San Juan Pablo II, Teología del Cuerpo (1979 – 1984)

Nota: El resumen se ha hecho utilizando, en gran parte, frases textuales del documento original o una combinación entre ellas. Se omiten las comillas para facilitar la lectura.

Reflexión: ¿Estoy unido a la Iglesia con un «amor indisoluble», como lo está Cristo?

Clave de lectura interior: La indisolubilidad del matrimonio cristiano hunde sus raíces en la indisolubilidad del amor con que Cristo se une a su Iglesia.