Teología del Cuerpo

Parte VI. Amor y fecundidad

60. La fidelidad al Creador-persona

La Encíclica Humanæ vitæ, al demostrar el mal moral de la anticoncepción, aprueba plenamente la regulación natural de la natalidad y, en este sentido, la paternidad y maternidad responsables.

«Una práctica honesta de la regulación de la natalidad exige sobre todo a los esposos adquirir y poseer sólidas convicciones sobre los verdaderos valores de la vida y de la familia, y también una tendencia a procurarse un perfecto dominio de sí mismos» (Humanæ vitæ, 21).

El dominio del instinto mediante la razón y la voluntad libre impone una verdadera ascética, para que las manifestaciones afectivas de la vida conyugal estén en conformidad con el orden recto y, en particular, para observar la continencia periódica.

Esta disciplina, propia de la pureza de los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal, le confiere un valor humano más sublime. Exige un esfuerzo continuo, pero enriquece la vida conyugal con valores espirituales auténticos.

Castidad conyugal y vida según el Espíritu

La observancia de la continencia periódica es la forma concreta del dominio de sí donde se manifiesta la «pureza de los esposos» (Humanæ vitæ, 21). No se trata simplemente de una técnica, sino de una virtud moral.

Aunque la periodicidad se refiera a los llamados «ritmos naturales», la continencia misma es una actitud ética. En lenguaje bíblico, se trata de vivir según el Espíritu (cf. Gál 5,25).

El carácter virtuoso de la regulación natural de la natalidad no se funda en la fidelidad a una ley impersonal, sino en la fidelidad al Creador-persona, fuente y Señor del orden inscrito en la naturaleza humana.

Administradores del plan del Creador

«Usufructuar el don del amor conyugal respetando las leyes del proceso generador significa reconocerse no árbitros de las fuentes de la vida humana, sino administradores del plan establecido por el Creador» (Humanæ vitæ, 13).

Por ello, la Encíclica exige que, para espaciar los nacimientos, existan motivos serios derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges o de circunstancias exteriores (Humanæ vitæ, 16).

Reducir la paternidad y maternidad responsables a una mera observancia de ritmos biológicos sería una lectura errónea de la Encíclica. La regulación moralmente recta de la natalidad es expresión de una actitud ética integral.

El lenguaje del cuerpo releído en la verdad

El concepto de regulación moralmente recta de la fertilidad no es sino la relectura del «lenguaje del cuerpo» en la verdad. El cuerpo habla no sólo por su expresión externa, sino también por sus estructuras internas.

El conocimiento de los ritmos naturales busca garantizar la verdad integral de este lenguaje, para que los esposos se expresen con madurez frente a las exigencias de la paternidad y maternidad responsables.

La práctica honesta de la regulación de la natalidad no es solo un modo de comportarse, sino una actitud que brota de la madurez moral y, al mismo tiempo, la perfecciona.

«Esta disciplina aporta a la vida familiar frutos de serenidad y de paz; favorece la atención hacia el otro cónyuge; ayuda a superar el egoísmo, enemigo del verdadero amor, y fortalece el sentido de responsabilidad» (Humanæ vitæ, 21).

Fuente: San Juan Pablo II, Teología del Cuerpo (1979–1984)

Nota: El resumen se ha hecho utilizando, en gran parte, frases textuales del documento original o una combinación entre ellas. Se omiten las comillas para facilitar la lectura.

Reflexión:
¿Qué significa que la observancia de la continencia periódica sea una forma concreta de dominio de sí donde se manifiesta la pureza de los esposos?

Clave de lectura interior: La regulación natural de la natalidad es una expresión concreta de fidelidad al Creador-persona, cuando el cuerpo es vivido como lenguaje verdadero del don y de la responsabilidad.